¿El mejor de la historia?
Publicado: 29 Oct 2006 11:48
¿El mejor de la historia?
Sobre la pista de carreras, Michael Schumacher logró lo que ningún otro piloto en la historia. Pero existe todo un debate sobre las razones extradeportivas por las cuales jamás será considerado un icono como Mohammed Alí, Pelé, Jesse Owens o Pete Sampras.
Gonzalo Espáriz Agencia DPA
Sus números son únicos, incomparables con los de cualquier otro piloto en la historia. Nadie se acercó jamás a todo lo que ganó a lo largo de su carrera Michael Schumacher. Pero casi nadie se atreve a denominarlo “el mejor piloto de la historia”.
“El más exitoso de todos los tiempos” es el eufemismo preferido para rodear la temida frase sobre el piloto alemán, que acaba de retirarse a los 37 años de edad.
Pero, ¿por qué en un deporte altamente profesionalizado, en el que el objetivo casi único es ganar, el que más gana no puede ser considerado como el mejor?
La pregunta es absurda para cualquier persona alejada del intrincado mundo de la Fórmula 1. Pero es motivo de encendidas discusiones en las mentes de un mundo obsesionado con milésimas de segundo, cargas aerodinámicas, compuestos de neumáticos y fuerzas centrífugas.
Ya en febrero del 2002, el conocido columnista del diario británico The Times, Simon Barnes, intentó contextualizar la trascendencia de Schumacher, al intentar buscarle un hueco en la historia no ya solo de la Fórmula 1, sino del deporte en general.
Su conclusión es que al alemán le falta “grandeza” para subir a lo más alto con Mohammed Alí, Pelé, Jesse Owens, Pete Sampras o Steve Redgrave.: “Es fácil de admirar, pero difícil de amar. ¿Grande? Sí, pero compró su grandeza a un cierto precio”.
La revista británica F1 Racing realizó en junio del 2004 una macroencuesta entre expertos en el tema para elegir al mejor piloto de la historia. Schumacher ya tenía en ese momento seis títulos mundiales, pero aún así, salió en tercer lugar, por detrás del brasileño Ayrton Senna y del argentino Juan Manuel Fangio.
Schumacher se considera solamente “el piloto más exitoso”.
Se ha dicho que la prensa británica no quiere elevar a los altares a Michael Schumacher. Y la idea no es del todo errónea. “¿Cómo es posible que un alemán, subido en un auto italiano, sea el mejor piloto de la historia en un deporte que nos pertenece?”, piensan muchos en las islas.
Pero más allá de tópicos y nacionalismos, la prensa británica también tiene su parte de razón para decir que a Schumacher le falta “algo” para ser “el más grande”. No levantó pasiones entre la hinchada como Senna, no fue un playboy al estilo de James Hunt, no era gracioso como Nigel Mansell o Emerson Fittipaldi, no sobrevivió a un grave accidente como Niki Lauda ni alcanzó la categoría de leyenda al morir sobre el asfalto, como Clark o el propio Senna.
Schumacher fue única y exclusivamente un piloto de Fórmula 1. El alemán dio el último gran paso hacia la profesionalización total de las carreras de automóviles, porque siempre lució un estado físico digno de un campeón de cualquier otro deporte. Nada se supo de él fuera de los circuitos. Pensaba al 100 por ciento en las carreras, en el auto, en las trazadas. Nunca le importó quedar bien o mal en las entrevistas, firmar o no un autógrafo, sonreír o no para una foto.
En la cabeza del alemán solo existió una cosa: ganar. Esa feroz mentalidad, unida a unas cualidades innatas para pilotear, lo llevaron a romper prácticamente cada récord en la Fórmula 1.
Sus siete títulos mundiales están por encima de los cinco de Fangio, los cuatro de Alain Prost o los tres de Senna, Stewart, Piquet o Lauda. Sus 91 victorias en Grandes Premios están lejos de las 51 de Prost o las 41 de Senna.
Pero su obsesión por el triunfo también lo llevó a cometer tropelías indignas de un campeón, como arremeter contra sus contrarios para sacarlos de la pista.
Nadie acumuló tantas tretas como Schumacher. Pero eso no habría sido ninguna novedad, porque la Fórmula 1 es un deporte en el que, más que en ningún otro, se aplica la máxima de que “todo lo que no está expresamente prohibido está permitido”. Lo que muchos recriminan a Schumacher es que jamás, ni una vez en 16 años, admitió sus culpas.
Senna y Prost, por ejemplo, también ganaron sendos títulos mundiales echándose mutuamente de la pista. Pero la diferencia con Schumacher es que ambos reconocieron después haberlo hecho. Senna incluso se lo anunció a Prost en la reunión de pilotos antes de la carrera, frente a las cámaras de televisión: “Si te cruzas en mi camino te saco a golpes de la pista”.
La franqueza de Senna no solo no le impidió ser un mito, sino que contribuyó a ello. Cuando se le pregunta a él mismo por el tamaño de su leyenda, Schumacher siempre elude responder o recurre al lugar común “no me corresponde a mí decirlo”.
Su actitud podría ser tomada como un signo de modestia o timidez, pero todos lo interpretan como arrogancia, como si esa frase vacía de contenido, unida a la altivez que demostró desde su llegada a la Fórmula 1 en 1991, significara en realidad que está convencido de ser el mejor pero no se digna a contárselo al mundo.
En los últimos años, Schumacher pareció dar algo más de importancia a su imagen. De la mano de su manager, Willi Weber, comenzó a participar en campañas de seguridad vial y en actos benéficos, como los $10 millones que donó a las víctimas del tsunami en el sudeste asiático.
Sus esfuerzos fueron sin embargo en vano, porque el daño ya estaba hecho. El veredicto lo remató durante su despedida Bernie Ecclestone, el magnate de la Fórmula 1. Aunque británico, el multimillonario Ecclestone disfrutó más que nadie (personal y económicamente) con los éxitos de Schumacher, tenía línea directa con el alemán, y dirigió en cierta manera la carrera del piloto. Pero le dijo adiós con una sentencia en contra de su eternidad.
“Hay talentos sobresalientes, pero superestrellas hay solo un puñado. Para ser una superestrella se necesita algo más que récords. Se requiere carisma, grandeza humana, personalidad. Senna era una superestrella, y también Mohammed Alí, Michael Jordan o Tiger Woods”.
Sobre la pista de carreras, Michael Schumacher logró lo que ningún otro piloto en la historia. Pero existe todo un debate sobre las razones extradeportivas por las cuales jamás será considerado un icono como Mohammed Alí, Pelé, Jesse Owens o Pete Sampras.
Gonzalo Espáriz Agencia DPA
Sus números son únicos, incomparables con los de cualquier otro piloto en la historia. Nadie se acercó jamás a todo lo que ganó a lo largo de su carrera Michael Schumacher. Pero casi nadie se atreve a denominarlo “el mejor piloto de la historia”.
“El más exitoso de todos los tiempos” es el eufemismo preferido para rodear la temida frase sobre el piloto alemán, que acaba de retirarse a los 37 años de edad.
Pero, ¿por qué en un deporte altamente profesionalizado, en el que el objetivo casi único es ganar, el que más gana no puede ser considerado como el mejor?
La pregunta es absurda para cualquier persona alejada del intrincado mundo de la Fórmula 1. Pero es motivo de encendidas discusiones en las mentes de un mundo obsesionado con milésimas de segundo, cargas aerodinámicas, compuestos de neumáticos y fuerzas centrífugas.
Ya en febrero del 2002, el conocido columnista del diario británico The Times, Simon Barnes, intentó contextualizar la trascendencia de Schumacher, al intentar buscarle un hueco en la historia no ya solo de la Fórmula 1, sino del deporte en general.
Su conclusión es que al alemán le falta “grandeza” para subir a lo más alto con Mohammed Alí, Pelé, Jesse Owens, Pete Sampras o Steve Redgrave.: “Es fácil de admirar, pero difícil de amar. ¿Grande? Sí, pero compró su grandeza a un cierto precio”.
La revista británica F1 Racing realizó en junio del 2004 una macroencuesta entre expertos en el tema para elegir al mejor piloto de la historia. Schumacher ya tenía en ese momento seis títulos mundiales, pero aún así, salió en tercer lugar, por detrás del brasileño Ayrton Senna y del argentino Juan Manuel Fangio.
Schumacher se considera solamente “el piloto más exitoso”.
Se ha dicho que la prensa británica no quiere elevar a los altares a Michael Schumacher. Y la idea no es del todo errónea. “¿Cómo es posible que un alemán, subido en un auto italiano, sea el mejor piloto de la historia en un deporte que nos pertenece?”, piensan muchos en las islas.
Pero más allá de tópicos y nacionalismos, la prensa británica también tiene su parte de razón para decir que a Schumacher le falta “algo” para ser “el más grande”. No levantó pasiones entre la hinchada como Senna, no fue un playboy al estilo de James Hunt, no era gracioso como Nigel Mansell o Emerson Fittipaldi, no sobrevivió a un grave accidente como Niki Lauda ni alcanzó la categoría de leyenda al morir sobre el asfalto, como Clark o el propio Senna.
Schumacher fue única y exclusivamente un piloto de Fórmula 1. El alemán dio el último gran paso hacia la profesionalización total de las carreras de automóviles, porque siempre lució un estado físico digno de un campeón de cualquier otro deporte. Nada se supo de él fuera de los circuitos. Pensaba al 100 por ciento en las carreras, en el auto, en las trazadas. Nunca le importó quedar bien o mal en las entrevistas, firmar o no un autógrafo, sonreír o no para una foto.
En la cabeza del alemán solo existió una cosa: ganar. Esa feroz mentalidad, unida a unas cualidades innatas para pilotear, lo llevaron a romper prácticamente cada récord en la Fórmula 1.
Sus siete títulos mundiales están por encima de los cinco de Fangio, los cuatro de Alain Prost o los tres de Senna, Stewart, Piquet o Lauda. Sus 91 victorias en Grandes Premios están lejos de las 51 de Prost o las 41 de Senna.
Pero su obsesión por el triunfo también lo llevó a cometer tropelías indignas de un campeón, como arremeter contra sus contrarios para sacarlos de la pista.
Nadie acumuló tantas tretas como Schumacher. Pero eso no habría sido ninguna novedad, porque la Fórmula 1 es un deporte en el que, más que en ningún otro, se aplica la máxima de que “todo lo que no está expresamente prohibido está permitido”. Lo que muchos recriminan a Schumacher es que jamás, ni una vez en 16 años, admitió sus culpas.
Senna y Prost, por ejemplo, también ganaron sendos títulos mundiales echándose mutuamente de la pista. Pero la diferencia con Schumacher es que ambos reconocieron después haberlo hecho. Senna incluso se lo anunció a Prost en la reunión de pilotos antes de la carrera, frente a las cámaras de televisión: “Si te cruzas en mi camino te saco a golpes de la pista”.
La franqueza de Senna no solo no le impidió ser un mito, sino que contribuyó a ello. Cuando se le pregunta a él mismo por el tamaño de su leyenda, Schumacher siempre elude responder o recurre al lugar común “no me corresponde a mí decirlo”.
Su actitud podría ser tomada como un signo de modestia o timidez, pero todos lo interpretan como arrogancia, como si esa frase vacía de contenido, unida a la altivez que demostró desde su llegada a la Fórmula 1 en 1991, significara en realidad que está convencido de ser el mejor pero no se digna a contárselo al mundo.
En los últimos años, Schumacher pareció dar algo más de importancia a su imagen. De la mano de su manager, Willi Weber, comenzó a participar en campañas de seguridad vial y en actos benéficos, como los $10 millones que donó a las víctimas del tsunami en el sudeste asiático.
Sus esfuerzos fueron sin embargo en vano, porque el daño ya estaba hecho. El veredicto lo remató durante su despedida Bernie Ecclestone, el magnate de la Fórmula 1. Aunque británico, el multimillonario Ecclestone disfrutó más que nadie (personal y económicamente) con los éxitos de Schumacher, tenía línea directa con el alemán, y dirigió en cierta manera la carrera del piloto. Pero le dijo adiós con una sentencia en contra de su eternidad.
“Hay talentos sobresalientes, pero superestrellas hay solo un puñado. Para ser una superestrella se necesita algo más que récords. Se requiere carisma, grandeza humana, personalidad. Senna era una superestrella, y también Mohammed Alí, Michael Jordan o Tiger Woods”.