Este es el relato de un periodista peruano que tuvo la oportunidad, que muchos desearíamos, de ser copiloto de un Impreza en la edición 2007 del Rally Caminos del Inca. Es un poco largo pero vale la pena leerlo...
- Esta es la tercera versión sobre la misma experiencia (las otras dos saldrán publicadas en la revista y el diario). Aún así me he esmerado en que esta sea la última vez que escriba largo sobre mi experiencia como copiloto con la intención de poder explayarme con la tranquilidad propia de la libertad que ofrece el universo blog (alejada de las restricciones del espacio y las formalidades).
¿Qué sentiste?, ¿qué tal la experiencia?, ¿te asustaste? Sin lugar a dudas esas han sido las tres preguntas más recurrentes que me han hecho desde que incurrí en la tentación de disputar la primera etapa de Caminos del Inca como navegante de Alvaro Brandes. Y si bien los ojos inquisidores de los interrogatorios siempre demostraban la ansiedad de una respuesta desarrollada por mi parte siempre he terminado por decir lo mismo: me sentí muy seguro. Sé que la respuesta es por demás mata pasiones pero la verdad es que entre el manejo dedicado de Alvaro, la suspensión del Impreza y el sentido de estabilidad que produce la butaca y los arneses, la experiencia me dejó en evidencia que la vida cotidiana y el embate de las combis es mucho más aventurado.
Ahora tampoco es cuestión de hacerse los machitos. Vamos, que entrar por la recta de Huancayo a más de 240 kilómetros por hora -con la aguja del cuenta vueltas coqueteando con las 6000 mil revoluciones- hace pensar a cualquiera sobre si ha llevado una vida católicamente responsable como para ir al cielo sin pasar por el purgatorio. Tampoco crean que sentir el raspar incandecente del patín en las curvas ras o el desplome seco del auto aterrizando tras un lomo full, no hace que uno se pregunte si tanto casco y jaula honestamente puede hacer algo si el destino nos invita a una cita formal (y frontal) contra la pared.
"Cuando soy copiloto siento que nada más existe. Es como si ingresara a una dimensión independiente", me confesó Diego Vallejo (ex navegante de Ferreyros) meses atrás en el marco de su visita al país. Tengo que reconocer que cuando desgravé la entrevista, y llegué a esta parte, lo primero que me vino a la mente es que Vallejo era un marketero de primera y un florero de quinta. Sin embargo tras recorrer los 225 kilómetros cronometrados entre Lima y Huancayo en escasos 102 minutos y ver a los cerros aledaños como una gran pared sólida de color marrón, caer en la cuenta -e incluso ingresar- de la dimensión que Vallejo habla tan quemadamente no es nada difícil.
¿Qué se siente cuando uno corre? En verdad son muchas emociones juntas. En los minutos previos ansiedad. Uno tiene ganas de salir lo antes posible a la ruta. Se revisa el auto al milímetro (¿está bien la radio?, ¿tienen batería los peltor?, ¿hay gatorate?, ¿tienes el carnet de tiempo?, ¿ya viste la hora oficial?) hasta que llega un momento en el que uno se da cuenta que lo que hace no es normal. Es ahí cuando uno empieza a hablar con los vecinos sobre temas tan absurdos como el último capítulo de los Simpsons o las últimas chapas de los comisarios. El tiempo pasa lentísimo y cuando uno menos lo cree está buscando un baño porque el exceso de agua que ha tomado entre charla y charla obliga a buscar un lugar escondido entre los arbustos más cercanos. Cuando uno menos lo cree la hora llega.
Ya en el carro uno se amarra con el cinturón de cinco puntas. Si bien la tarea suena sencilla -y tal vez hasta lo es para los pilotos- para los mortales como nosotros el rito es todo un drama. Para empezar las correas laterales, las que van en la cintura, siempre están en el lugar equivocado: o atrás o debajo de uno. Si uno tiene mala suerte (o simplemente una psicomotriz defectuosa como quién habla) queda la posibilidad que uno de los arneses de los hombros se haya podido escapar por el asiento y este atrás de la butaca. Así cuando uno por fin está asegurado, se da cuenta que la cuenta regresiva ya está en el rostro de uno. Con la cabeza aún zumbando, los auriculares cortando la circulación de las orejas y la hoja de ruta volteada en la mano -lo sé, soy una bestía-, el embate inicial que produce el cambio de la pasiva neutro a la emotiva primera lo recibe a uno con un empujón en el pecho lo suficientemente contundente como para pegar la espalda a la butaca.
-"Derecha media para izquierda full, a doscientos por puente...."
Y uno se va con facilidad. Ver tanta gente en la ruta, alzando las manos, gritando sin podérseles escuchar una vocal y saltando como si con eso uno los va a ver mejor, hace que cualquiera que se gana la vida golpeando teclas se distraiga con facilidad.
-"¿Qué sigue?, ¿qué sigue?", grita Alvaro
- "Ah sí....a 100 derecha media ras para izquierda veloz para....al carajo que me perdí"
"Cuando te pierdas en la hoja de ruta di al toque: me perdí. Ahí te echas a buscar una referencia en la hoja de ruta y le dices al piloto. No tengo hoja hasta el hito 40", me aconsejó Gustavo Medina (creador de las notas de ruta que corregí para esta etapa) minutos antes de la partida. Así que siguiendo su consejo admití mi condición de extraviado y aproveché para tomar fotos. Imágenes que verán en la edición del primero de octubre de Ruedas&TUERCAS.
tomado de:
http://blogs.elcomercio.com.pe/ruedasyt ... _full.html
Ahora díganme si no se les pone la piel de gallina al leer esto...